En la marcha por la vida del domingo 25 de marzo en Buenos Aires predominaron las familias sueltas, los carteles improvisados y hechos a mano, las expresiones espontáneas, muy variadas, en una confluencia que respondía más a una fuerte motivación por la vida que a una sólida organización.

Aunque distintos grupos, reunidos en Unidad Pro Vida (www.unidadprovidca.org), habían invitado, y de manera bastante desperdigada, la concurrencia sobrepasó en mucho a lo esperado y muchos de los asistentes no hubieran sabido responder sobre quién había convocado. Las redes sociales y el boca a boca hicieron más que la escasa repercusión en los medios de comunicación.

Esperanza Socas estaba con cinco hijos, de 16, 13, 10, 9 y 6 años, y con el novio de Catalina, su hija mayor, Javier, de 17, que está en el último año del secundario. “Hay que respetar la vida”, dijeron estos dos. “Hay que darles la oportunidad a todos de vivir. Una vida merece ser vivida: nadie es quien para decir quién vive y quién no”, dijo la madre.

“El aborto detiene un corazón que late”, decía un cartel que llevaba Matías Helou, de 19 años, que estudia turismo en la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET). Había ido con varios amigos de la parroquia Santa María Betania, de Almagro. ¿Cómo llegaron? En el ómnibus 36, que tomaron en Gascón y Guardia Vieja.

“Vinimos por nuestra cuenta”, dijeron, en Plaza Italia, antes de que empezara la marcha dos novios que componían una pareja singular: Apoena Becker, de 33 años, brasileña, y Jacob Ogamian, de 30, nacido en Armenia. Estaban con Karina Sabalette, de 25, que trabaja en un laboratorio. “La vida es independiente de las circunstancias de las personas”, apuntaron. Jacob trabaja en una constructora.

Cristian, abogado, de unos sesenta años, observó la expresión “apacible y de bondad” que advertía en los concurrentes; según él, “el polo opuesto” a expresiones “desalmadas” que había notado en otras manifestaciones.

“Todos fuimos potencia, fuimos proyecto”, dijo un muchacho. “La riqueza de un país son sus personas”, era la leyenda de la camiseta blanca que llevaba una chica. “Sí a la vida”, decían Luciana Alarcón de 17 años, que terminó el secundario y va a hacer psicología, y Sofía Monges, de 16, en el último año del secundario. La noche anterior habían participado de una vigilia de oración en la parroquia Beata Laura Vicuña, en Lomas de Zamora. Victoria Astigueta, de 29, estudia teología en la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, iba caminando y anotando direcciones de correo electrónico de otros caminantes que mostraban interés en recibir material de Unidad Pro Vida, una plataforma que acaban de conformar distintas entidades y movimientos.

Jorge Bazán, de 33, operario de limpieza, de Bella Vista, había ido con miembros de la Agrupación Santa María, de San Miguel, para manifestarse contra el aborto. Con otros estaban atendiendo a una mujer que se había descompuesto, junto a un colectivo venido de San Miguel, cerca del Monumento de los Españoles. Unas cuadras más allá, en la vereda de Libertador, cerca del Automóvil Club, había un grupo de una iglesia evangélica también de San Miguel, tocando música y cantando canciones por la vida. Una mamá, de 24 años, llevaba en brazos a una criatura. ¿Su nombre? Génesis. “Vengo porque estoy en contra del aborto”, comentó

“Te llamo mamá, aunque a mi muerte la llamen libertad”, decía en otro lado un cartel, tomando un tema de una canción del cantante Felipe Gómez.

Eduardo García Espil, empleado en OSDE, había ido con su mujer y sus trillizos de once años. “Entre la madre y el hijo, no elijo, quiero a los dos”, decía un cartel al lado suyo. No faltaban muchos cochecitos de bebes, con sus padres, mientras sus hermanos jugaban alrededor, con globos, en una luminosa tarde de sol. Y una mamá con un pañuelo atado en la cabeza -¿quizá por una grave enfermedad?- iba acompañada por su hijo subido en un monopatín.

Hubo muchos testimonios personales desde el escenario: entre ellos el de un joven, Cristian, que había sido adoptado y que al poder ubicar a su madre biológica recién al concluir la adolescencia, le dijo: “Yo solamente quiero darte las gracias porque no me abortaste, a los 14 años “ (los que tenía ella cuando se embarazó). Y contó que ella le contestó: “Quiero que sepas que todos los días de mi vida estuve pensando en vos”. En el escenario estaban los padres adoptivos. La madre adoptiva habló, señaló que esa mujer había sido valiente y generosa, y que cuando se produjo aquel reencuentro le escribió: “Gracias, mamá, por haberle permitido a Cristian vivir y porque le permitiste tener una familia”.

Al concluir el acto, compartieron el estrado dos jóvenes de la Fundación Más Vida. Ayelén de Magnasco, de 27, espera su primera hija. En la panza lucía la leyenda “Quiero vivir. Sí a la vida”.+

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