Mons. Castagna: La oposición agresiva al apostolado, crimen de lesa humanidad

El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, destacó que los santos Pedro y Pablo, junto con sus otros hermanos apóstoles, se constituyeron en “columnas y fundamento de la Iglesia”, y recordó que su misión es “anunciar, mediante la predicación y el testimonio de la santidad, que Cristo ha resucitado probando, de esa manera, su divinidad”.

“Por ello, salva al que cree en Él. El único deseo de aquellos humildes hombres es suscitar la fe en quienes los escuchan. La virtud eficaz del ministerio que se les ha confiado despeja un sendero abierto entre el humilde anuncio y la realidad anunciada”, subrayó en su sugerencia para la homilía dominical.

“Están convencidos de que la eficacia de la Buena Nueva, que predican, no procede de sus humanas habilidades sino de la gracia del Señor resucitado. De esa manera se conservan humildes y capaces de arriesgar la propia vida con el fin de hacer frente al rechazo y a la persecución”, agregó.

El prelado sostuvo que “queda de manifiesto que el ejercicio del ministerio apostólico es necesario para la Vida eterna” y advirtió que “ahogarlo mediante una oposición violenta y agresiva es un crimen de lesa humanidad”.

“En la sociedad contemporánea se produce el engaño y la hipocresía de negar la Verdad, circunstancialmente inoportuna, desprestigiando a sus expositores, para desautorizarlos mediante poderosos medios de la moderna comunicación. Sus consecuencias se ciernen sobre la opinión pública, intencionalmente deformada. Quienes tienen la responsabilidad de abrir un espacio propio al Evangelio, y a su legítima exposición, sufrirán deshonestas manipulaciones y crueles ataques”, aseveró.

Texto de la sugerencia

1.- La Resurrección, prueba de la divinidad de Cristo. Al comprobar la falta de fe de su pueblo, Jesús se sorprende dolorosamente. Aquellos vecinos no manifiestan la mínima capacidad de trascender lo que alcanzan a ver sus ojos: “¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? “ (Marcos 6, 3) Demasiado conocido, según ellos, para llegar a vislumbrar su misteriosa identidad. Así ocurrirá con quienes lo siguen y escuchan, hasta que se produzca la única prueba de su divinidad: “Esta generación malvada y adúltera reclama un signo pero no se le dará otro que el del profeta Jonás”. (Mateo 12, 39) Es la Resurrección. Vamos detrás de fenómenos extraordinarios, descuidando el único acontecimiento que nos conduce a la verdad. San Pablo, al unísono con el testimonio de sus hermanos Apóstoles, dedica su vida a transmitir esa Buena Nueva: la Resurrección de Cristo. Se convence que todo es inútil si los destinatarios de su predicación no creen en la presencia viva del Señor resucitado: “Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes”. (1 Corintios 15, 14)

2.- Crimen de lesa humanidad. Hace una semana celebrábamos la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. Se constituyen, con sus hermanos Apóstoles, en columnas y fundamento de la Iglesia. Su misión es anunciar, mediante la predicación y el testimonio de la santidad, que Cristo ha resucitado probando, de esa manera, su divinidad. Por ello, salva al que cree en Él. El único deseo de aquellos humildes hombres es suscitar la fe en quienes los escuchan. La virtud eficaz del ministerio que se les ha confiado despeja un sendero abierto entre el humilde anuncio y la realidad anunciada. Están convencidos de que la eficacia de la Buena Nueva, que predican, no procede de sus humanas habilidades sino de la gracia del Señor resucitado. De esa manera se conservan humildes y capaces de arriesgar la propia vida con el fin de hacer frente al rechazo y a la persecución. Queda de manifiesto que el ejercicio del ministerio apostólico es necesario para la Vida eterna. Ahogarlo mediante una oposición violenta y agresiva es un crimen de lesa humanidad. En la sociedad contemporánea se produce el engaño y la hipocresía de negar la Verdad, circunstancialmente inoportuna, desprestigiando a sus expositores, para desautorizarlos mediante poderosos medios de la moderna comunicación. Sus consecuencias se ciernen sobre la opinión pública, intencionalmente deformada. Quienes tienen la responsabilidad de abrir un espacio propio al Evangelio, y a su legítima exposición, sufrirán deshonestas manipulaciones y crueles ataques.

3.- Cristo no se acobarda ante la persecución. Jesús no se acobarda ante la incomprensión y la incredulidad de sus conciudadanos. Enseña lo que debe enseñar, quieran o no escucharlo. En esta escena no se detiene ante el peligro de ser injustamente eliminado. Muchos de los profetas, incluyendo a Juan Bautista, fueron asesinados sin piedad, por el mismo motivo: “se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo”. (Lucas 4, 28-30) Sabe que su destino profético es la persecución, de quienes rechazan su llamado a la conversión, hasta el indescriptible tormento de la Cruz. No deja de recordar a sus discípulos que corren su misma suerte y el mismo final. El propósito de su enseñanza es revelar a un Dios que ama tanto a los hombres, hasta darlo todo por ellos. El Apóstol Pablo no disimula su asombro desbordante y humanamente inexplicable: “…no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado”. (1 Corintios 2, 2) Es allí donde el gran Apóstol aprende lo que enseña. No existe otra verdad equiparable, ni aproximada. Empeñará su vida y su muerte con el fin de aprenderla y predicarla a quienes quieran escucharlo. Es un modelo admirable de la Iglesia evangelizadora del mundo.

4.- La sabiduría de los pobres. La Iglesia actual debe reactivar hoy su misión sin temor a los farisaicos ataques alojados en nuestra moderna sociedad. El Evangelio que predican los Apóstoles no es ajeno a la persona de Cristo: “el Evangelio del Padre”. Toda la Verdad se expresa fielmente en Él. La honestidad intelectual de los humildes se constituye en modelo de la que deben cultivar “los sabios y prudentes” de una sociedad que intenta consolidarse y lograr su perfección. Predicar a Cristo es ofrecer la gracia del Evangelio “que salva a quienes creen” (Romanos). Por ello, esta sociedad necesita ser evangelizada urgentemente.+

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